Hablar de Dios

Para el cristiano, hablar de su experiencia con Dios es una necesidad (He 4, 20). Siglos antes de Cristo los profetas lo hacían, marcando desde antiguo la manera de hacerlo: hablar de Dios implica hablar del hombre y para el hombre, denunciando todo lo que en éste se opone al plan del Salvador, y anunciando las formas de llevar las cosas de vuelta a dicho plan. Sí, de vuelta, porque el hombre y la creación son buenas obras de Dios, desde el principio estamos hechos para la plenitud y la felicidad.
Al hablar de Dios, deben anunciarse las verdades fundamentales de la fe, debe proclamarse a Cristo como redentor de nuestras limitaciones e infidelidades, pero no debe hacerse en abstracto, sino tocando en detalle la vida cotidiana de los hombres y mujeres que día a día se la juegan de alguna manera buscando mayores grados de bienestar, de realización de sus sueños, de paz, de libertad, de fraternidad. Hay quienes buscan lo contrario, y se esfuerzan en oprimir a los otros, para ellos también es el mensaje de Cristo.
Hay realidades donde las personas viven mejor, otras, donde viven peor, hay algunas, como la nuestra, donde decir la verdad cuesta marginación o cárcel y son muy difíciles los caminos del progreso porque los resortes naturales que mueven la sociedad están dominados casi totalmente por el Estado. En estas realidades, es preciso también anunciar a Cristo, proponiendo la paz y la reconciliación, aunque parezca que no se escuche como sucedía con aquellos profetas que gritaban en medio del desierto. Siempre hay quien oye y cambia, nuestra sociedad está cambiando para bien en medio de su cruda realidad, muchas personas, tímida e insuficientemente se están acercando a Dios y lo están dejando entrar en sus vidas. ¡Acompañémoslas! ¡Y sigamos hablando de Dios!

Fiesta de la Vida Consagrada

Vocación es la palabra escogida para nombrar el proceso de llamada-respuesta que se da entre Dios y los hombres, desde el momento mismo de la concepción: "Antes de formarte en el vientre de tu madre te conocí; antes de que salieras del seno te consagré" (Jer 1, 5). Y cuando decimos "Aquí estoy, pues me has llamado"(1 Sam 3,6) estamos aceptando en nuestra vida el plan que Dios nos propone.
De una manera especial la Iglesia celebra el 2 de febrero, Día de Ntra. Sra. de la Candelaria, la fiesta de la Vida Consagrada, y es que hay una gran relación entre la Virgen que nos muestra al Niño Jesús en sus brazos, luz de las naciones, y todas esas personas que han escogido seguirlo de una manera más especial, dándolo a conocer en las acciones diarias a través de la atención a los más necesitados, en el cuidado a los ancianos, en la oración diaria, en la formación de niños y niñas que en el mañana serán los hombres y mujeres de bien que necesita la Iglesia y la Patria.
Es un día para agradecer el Sí de la respuesta, para cuestionarnos y revisar nuestro Sí, y para estar abiertos al servicio sin guardar para nuestro camino ni pan ni alforja, solo llevando en el corazón en el mensaje de Aquel que lo dio todo sin esperar recompensa y que a lo largo de la historia ha venido escogiendo a hombres y mujeres libres para continuar transmitiendo su mensaje. Tengamos un gesto de cariño con todos aquellos que nos ayudan a descubrir el amor de Dios, porque desde el silencio de su vocación han hecho como María: escogieron la mejor parte.

Martirio de San Pablo Miki y sus compañeros.

Fueron 26, martirizados el mismo día, 5 de febrero del año 1597.

En el año 1549 San Francisco Javier llegó al Japón y convirtió a muchos paganos.

Ya en el año 1597 eran varios los miles de cristianos en aquel país. Y llegó al gobierno un emperador sumamente cruel y vicioso, el cual ordenó que todos los misioneros católicos debían abandonar el Japón en el término de seis meses. Pero los misioneros, en vez de huir del país, lo que hicieron fue esconderse, para poder seguir ayudando a los cristianos. Fueron descubiertos y martirizados brutalmente. Los que murieron en este día en Nagasaki fueron 26. Tres jesuitas, seis franciscanos y 16 laicos católicos japoneses, que eran catequistas y se habían hecho terciarios franciscanos.
La Iglesia Católica los declaró santos en 1862.
Testigos de su martirio y de su muerte lo relatan de la siguiente manera: "Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría".
Al Padre Pablo Miki le parecía que aquella cruz era el púlpito o sitio para predicar más honroso que le habían conseguido, y empezó a decir a todos los presentes (cristianos y curiosos) que él era japonés, que pertenecía a la compañía de Jesús, o sociedad de los Padres jesuitas, que moría por haber predicado el evangelio y que le daba gracias a Dios por haberle concedido el honor tan enorme de poder morir por propagar la verdadera religión de Dios. El pueblo cristiano horrorizado gritaba: ¡Jesús, José y María!

 

Tomado de: www.ewtn.net

 

 

 

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